2008-09-18

Tengo conmigo unos libros que fueron de Paulino. Los traje hace una semana y los conservé dos o tres días como estaban, es decir, atados. No es simple ahora encontrarles un lugar en la biblioteca. Están por el momento apilados en un escritorio.
Entre los libros hay uno que le había regalado a mediados de los ochenta, tal vez haya sido el primero y creo que se lo regalé para un cumpleaños: Sexo y traición en Roberto Arlt (1982), de Oscar Masotta. Extrañamente no hay dedicatoria, sin embargo el año pasado charlamos sobre ese libro. Fue el día que fuimos a El rufián melancólico en busca del número 226 de la revista Primera Plana, aquel ejemplar que incluía una entrevista a Manuel Puig. Le pregunté si guardaba el libro de Masotta, porque en las idas y venidas, de un lugar a otro, podía haberlo perdido, como le había pasado con otras cosas. Por ejemplo, con algunas fotografías. Paulino me dijo que no lo había perdido.
Por esos días de enero, él había comprado Los zumitas (1999), de Federico Jeanmaire. Se había puesto a pensar, me acuerdo, acerca de la magia, arte por excelencia de la civilización zumita: Una ilusión, apenas, que ni siquiera puede robarse.
También tengo el último libro que le regalé: Prólogo Anotado (1993), del autor de Los zumitas. Éste sí con dedicatoria que dice: Para Paulino, mi amigo más generoso. 2005-12-…
Horas antes de la segunda operación, planificada para un viernes, pero que se pospuso para el lunes siguiente, le di una ficha de rompecabezas que decía: Suerte, mi mejor amigo. 2008-04-10

Para mí agrado encuentro un libro que Paulino mencionó en "No podía resistirme a conocer quiénes eran...":

Hacía tiempo que no entraba al blog y me sorprendo ya que casualmente estoy leyendo unos cuentos de Melville, El vendedor de pararrayos [...] Melville me genera una especie de ansiedad difícil de explicar, aunque no pase nada siento en ciernes la catástrofe. Que puede ser pequeña pero abrumadora como en Bartleby o descomunal como las adversidades que sufren muchos de sus protagonistas [...]

Publicado el 3 de noviembre de 2007

No sé referir este momento.
Las bibliotecas se incomodan con las donaciones otorgadas con el prerrequisito de ser conservadas separadas del resto. El donante supone que la unión física guarda la memoria del antiguo poseedor. Espectáculo únicamente para los ojos de la persona que lleva y trae los libros. Perteneciente al trasmundo de los mostradores… Me quedo con la parábola de Melville:
[…] Aferré el artefacto [pararrayos], lo partí, lo destruí, lo pisoteé, y, arrastrando fuera de mi casa al caballero del rayo, arrojé detrás de él su retorcido cetro de cobre.
Pero, no obstante el trato que le he dado, no obstante los intentos de disuasión que he practicado entre mis vecinos, el vendedor de pararrayos aún habita esta región; aún viaja en medio de las tormentas para traficar con el terror de los hombres.

4 comentarios:

Rey Mono dijo...

No sé por qué, pero con esta entrada tuya recordé una frase que aparece en "Bartleby" precisamente, esa oscura novelita de Melville; en realidad sólo recordé su esencia así que la busqué de inmediato. Por fortuna la había subrayado:
"Ah, la felicidad busca la luz, por eso juzgamos que el mundo es alegre; pero el dolor se esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe".
Acaso un epígrafe destinado a la incertidumbre.

Un abrazo, Gustavo.

morning cielos dijo...

Paulino no necesita de nada para que lo recuerdes, pero supongo que dentro de unos años, cuando pasees tus dedos por tus libros en busca de algo, te vas a encontrar con alguno de estos libros recuperados y vas a tener esa sensación de ternura y dolor, todo mezclado, que se tiene cuando un recuerdo latente salta y nos pellizca la nariz.
Yo no lo conocí más allá de un par de palabras cruzadas y de tenerte en común, y muchas veces mirando árboles inmensos, pienso en él. Y me sorprende la ausencia. O quizás lo que me sorprende es que fuerte fue su presencia.
besote
gaby

euridice dijo...

Al leerte, pensé en Orfeo:

Con su arpa en la mano, tomó la senda de los espíritus de los muertos y descendió a los infiernos.

En su camino, encantó con sortilegios a todos los guardianes y consiguió llegar a la morada del dios Hades, señor del inframundo. Juró que si no conseguía volver a la tierra con ella, permanecería en el mundo de los muertos para siempre.

Los corazones de los dioses se ablandaron con su canto, y cedieron. Dijeron: "márchate, tu mujer te seguirá. Hay una condición, durante el viaje de vuelta no debes mirar hacia atrás.

A punto de volver a la superficie, lo inquietó el silencio. Se giró para ver si su amada no se había perdido en la espesa niebla. Ella estaba justo detrás de él, aún no había llegado a la superficie.

Hermes, el mensajero, que les había seguido, invisible, la tomó y tiró de ella para devolverla al mundo de los muertos.

Gustavo López dijo...

Hacerse de lo breve o de la muertesinfin, comenté hace unas horas en mirar por la borda.

Silv envió un e-mail que dice: «Regalá los libros a alguien que quieras mucho. Es más, si querés, ponelos en una caja con mi nombre arriba y me la das el año que viene... » El Ruso llamó para comentar que vamos a compartir la primera emisión de un programa de radio juntos y que le resultó feo enterarse que me retornaron libros que yo había regalado. Hubo un relato de Eurídice; creo que cada uno ve una parte del dilema... como me pasa a mí. Rey dijo citando a Melville: «...el dolor se esconde en la soledad, por eso juzgamos que el dolor no existe.» Gabriela se metió en mi cuero, en mis sensaciones encontradas con esos libros de Paulino y dijo lo propio: «...me sorprende la ausencia. O quizás lo que me sorprende es que fuerte fue su presencia.»
Y lo de los árboles inmensos.
No volví al lugar de las cenizas. Vero fue y me dijo que elegí un hermoso lugar... lleno de plumerillos... caminábamos y no era simple encontrar el lugar... no sé, tal vez vaya cualquier día, pero ahora quiero pasar por oh cielos y oír nada y vacío

Abrazos y bon printemps.